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Ser mujer migrante es...

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Conscientes de que ser migrante o refugiado venezolano en Colombia es una situación desafiante para personas de todo género, y que cada grupo poblacional vive circunstancias distintas según su orientación sexual, su edad, su pertenencia étnica y su estatus migratorio, en Conectando Caminos por los Derechos nos hemos acercado a mujeres migrantes para conocer mejor sus realidades y las particularidades de la condición de mujer migrante en Colombia.
 

En un recorrido de conversaciones con mujeres venezolanas, en particular de municipios del Norte y la zona de frontera, encontramos que ser mujer migrante se puede describir a partir de varias situaciones contrastantes, todas ellas atravesadas por dos condiciones que afectan de manera particular a las mujeres venezolanas desde que inició la migración masiva hacia Colombia:
 

La primera, la mirada hipersexualizada sobre estas mujeres, que ha creado un estereotipo de mujer asociado a la coquetería y la prostitución.

 

La segunda, la falsa creencia de que la justicia solo aplica para personas con documentos en regla, y la consecuente expectativa de impunidad para quienes ejercen la violencia basada en género sobre mujeres en condición de irregularidad migratoria.


Las siguientes son algunas de las situaciones contrastantes identificadas:
 

El encierro


El estereotipo de mujer hipersexualizada y con frecuencia la xenofobia de sus vecinos en muchos casos lleva a la mujer migrante venezolana a pasar largos ratos de encierro en su vivienda. Algunas relatan que, contrario a la costumbre de sus vecinos de tener la puerta de la casa abierta, ellas mantienen puertas y ventanas cerradas para evitar comentarios soeces de los vecinos, así como cualquier posible intercambio de palabras con hombres, que puede derivar en la mirada lasciva de ellos, o en reclamos de ellas.


Una mujer migrante en Barranquilla cuenta que, por el contrario, cuando viene un niño vecino a jugar con su hijo en casa, ella abre puertas y ventanas para evitar rumores de posibles daños al niño visitante. Lo que es común en sus relatos es la afectación que ha generado en ellas el rechazo social de su entorno.


El encierro de las mujeres migrantes se refuerza por la desigualdad en las relaciones de pareja, especialmente cuando conforman uniones con hombres colombianos. Muchas de ellas relatan experimentar un dominio por parte del hombre mucho más acentuado de lo que conocían.

 

Describen su carrera para ir a la tienda, porque el marido se enoja si se demora; el control del hombre sobre su celular; el reclamo agresivo indicando que deben pedirle permiso para salir, y hasta su exigencia sobre qué tipo de ropa lucen ellas.
 

Relatan también que solo salen de casa cuando tienen un propósito que cumplir: generar ingresos, hacer alguna diligencia o resolver la necesidad de algún familiar a su cuidado.

El rebusque


Contrasta con el encierro las formas de trabajar que encuentran las mujeres migrantes venezolanas. Aunque las estadísticas muestran que el 55,6% de las mujeres tienen nivel educativo superior a la educación básica secundaria (en los hombres el 52%), encuentran menos oportunidades laborales que ellos.
 

Así, con sus diplomas guardados a la espera de una apostilla o una homologación para ejercer su carrera, miles de mujeres migrantes ensayan emprendimientos en repostería, culinaria, tecnología, arte y otros oficios. Con arrojo desarrollan el producto, exploran el mercadeo, y en muchos casos crean iniciativas familiares en las que vinculan también a sus parejas y sus hermanos.


Aquellas con menos preparación académica encuentran mayores oportunidades en el comercio informal: venta de tinto, pasteles, mecato o bolsas de basura en las esquinas son algunos de los campos que encuentran. Para ellas, ese tiempo en la calle, además de la lucha por el centavo, es un tiempo de exposición al rechazo, al abuso y a las insinuaciones derivadas del imaginario hipersexualizado de la mujer venezolana. Por eso, volver a su casa, al encierro, es su manera de sentirse protegidas.

La gestión


Con el paso del tiempo, la mujer migrante encuentra otro escenario que entra a ser parte de su vida cotidiana: la comunidad. Muchas de ellas relatan que al inicio no quieren salir, no quieren hablar con nadie ni participar en ninguna actividad. No quieren exponerse a la agresión de ser excluidas o maltratadas en el lenguaje. Pero cuando encuentran una persona que las guía hacia un espacio de confianza exploran y muchas veces terminan por entrar a hacer parte de un grupo.
 

Para muchas de ellas, esto ha marcado un cambio significativo. Comienzan a integrarse en su nuevo barrio, especialmente en torno a iniciativas que resultan necesarias, como la regularización de ellas y sus familias; el acceso a servicios básicos como la salud y la educación, y el apoyo mutuo con otras mujeres, usualmente también venezolanas, para la protección de las víctimas de violencia basada en género.
 

Es frecuente el relato de cómo al inicio se escapaban de sus maridos para participar en encuentros de mujeres, o asistir a una capacitación. Por eso, la integración suele ocurrir más rápidamente en las mujeres que no se encuentran atadas a relaciones desiguales de pareja. Muchas de estas se han enfocado en la gestión para vincular a los miembros de su comunidad en los servicios básicos del Estado. Aprenden qué se necesita para sacar el Registro Único de Migrantes y lo gestionan para todos los miembros de su familia; rebuscan la forma de sacar una cita médica para quien lo necesita y acuden a las organizaciones sociales y entidades en busca de orientación para resolver las situaciones que las aquejan a ellas y a cada miembro de su familia o de su comunidad.

Hacia delante


Así como estos y muchos otros relatos de mujeres migrantes se podrían agrupar las situaciones particulares de las mujeres afro migrantes, de las mujeres indígenas migrantes, de las niñas y jóvenes migrantes, de las mujeres trans migrantes, entre otras, que complementarían la respuesta a la pregunta “¿Qué significa ser mujer migrante?”.
 

Aquí resaltamos estos testimonios de sus vivencias, sus sentires, sus experiencias, sus iniciativas, su coraje, como derroteros para comprender qué pasa por la vida de estas mujeres en este momento en que afrontan el desafío de integrarse a nuestra sociedad.
 

Enmarcamos estas narraciones en este multimedia que presenta una visión comprehensiva desde la estadística, el relato, la expresión, las historias de vida, las iniciativas transformadoras y herramientas para su transformación, que hemos encontrado en este proceso de conectar caminos por los derechos.
 

Este conjunto de expresiones recogido en el multimedia “¿Qué significa ser mujer migrante?” busca contribuir a marcar caminos que den respuesta a las necesidades de las mujeres migrantes y refugiadas venezolanas e impulsar los proyectos que actualmente gestan cambios significativos en su vida.


USAID, el equipo de Conectando Caminos por los Derechos y sus organizaciones socias cuyo trabajo presentamos aquí: Dignitas, Ayuda en Acción, HIAS y LadySmith, seguimos trabajando para abordar las causas fundamentales de la desigualdad de género, como la cultura patriarcal, la normalización de la violencia contra las mujeres, la xenofobia y los estereotipos que las afectan. 
 

E invitamos a crecer en procesos de integración comunitaria que incluyan diálogos y campañas de concientización pública para cambiar la narrativa dominante que normaliza la violencia contra las mujeres y las niñas migrantes. Confiamos en que estos enfoques transformadores contribuirán a eliminar la xenofobia, la discriminación y la violencia motivada por prejuicios.

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Este multimedia fue posible gracias al apoyo generoso del pueblo de los Estados Unidos, a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

El contenido de este multimedia es responsabilidad de Pact y no refleja necesariamente el punto de vista de USAID o del gobierno de los Estados Unidos.

Ilustraciones: Daiana Rosales - Yaya | @yayathesmartist

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